Lentitud, gran tesoro

30/08/2019

 

“Vísteme despacio que tengo prisa“ es una frase atribuida a Napoleón Bonaparte. El emperador romano Augusto dijo, “Apresúrate lentamente.” Son pensamientos relevantes a pesar de ser palabras de otros tiempos. Hoy vivimos en un mundo muy superficial y con exceso de información, y sin embargo, comprendemos menos y nuestra atención salta como un conejo de una noticia a otra. Tenemos dificultades para concentrarnos y atender el presente. Bombardeamos nuestro cerebro leyendo en los celulares, en Facebook, Instagram, Twitter…. miles de pedacitos de información. Nos quejamos de falta de tiempo, pero la realidad es que la mayoría de nosotros vivimos en la “carrera de la rata”, siempre apurados y acelerados. 

 

Hemos ido perdiendo como sociedad la noción de la tranquilidad, el reposo, la reflexión y la pausa. Pensamos poco. Tenemos opiniones superficiales sobre todo, pero no profundizamos. Ni tenemos tiempo para analizarnos a nosotros mismos. 

 

La velocidad nos ha ayudado mucho. Disfrutamos del Internet, de los viajes en avión, de las comidas que pedimos por App, hay muchos beneficios a los tiempos modernos. Pero hemos perdido en tanta velocidad el beneficio del silencio, del tiempo a solas, del disfrute de la familia. Comemos apurados, vivimos distraídos con el teléfono celular aun cuando estamos con los demás, vemos un programa de televisión a la vez que nos fijamos en el Internet.

 

El escritor Carl Honoré escribe: “Una vida de apuro puede llegar a ser superficial. Al estar apurados, rozamos la superficie, y fallamos en hacer conexiones reales con el mundo o con otras personas.” No nos conectamos con el prójimo. No producimos ideas creativas. La velocidad implica agresión, estrés, superficialidad, impaciencia, decisiones apuradas y no necesariamente sabias. La vida acelerada no necesariamente implica una vida productiva.

 

Llegamos a tenerle miedo a la tranquilidad, a la falta de estímulos. Somos impacientes. Como dijo la actriz Carrie Fisher, hasta la “gratificación instantánea demora demasiado.”

 

Honoré dice más: “Infectarte del virus de la prisa tiene daños inmediatos en la salud. Cuerpo y mente dicen “basta”. Otra señal muy típica es la falta de memoria. Vivir acelerados nos quita la posibilidad de recordar, no lo inmediato, sino aquellos momentos fundamentales de nuestra vida: encuentros con amigos, fiestas, aniversarios. Gente que no sabe con quién habló el día anterior. Que no recuerda el nombre de alguien querido en su vida. Vivimos haciendo cosas, pero no somos capaces de tomar consciencia ni nos permitimos disfrutar de nada de lo que hacemos, porque siempre estamos pensando en lo que viene después. Por eso otra señal importante es perder la capacidad de gozo. Hacer sin disfrute. Una vida donde se sacrifica calidad por cantidad.”

 

 

Encontrarle el sentido a la lentitud es más que bajar un cambio de velocidad, sino que es una actitud hacia la vida. La lentitud nos habla de calma, intuición, reflexión. Seamos conscientes de la velocidad en la vida, busquemos “bajar un cambio” a nuestro trajín y tomemos tiempo de reflexión y meditación. Fijemos prioridades claras y mantengamos la calma en medio del caos. Seamos personas que cultivemos una vida espiritual y productiva, lo cual que es mucho más que andar corriendo. Que la pausa y esta clase de lentitud sea nuestro tesoro.

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