El poder del perdón

 

El perdón me recuerda la ilustración de cómo se cazan monos en alguna parte de África. Es sencillo. Se hace un pequeño hueco en un tronco de un árbol y se coloca comida favorita de mono. Se imaginan el resto. El mono goloso mete su manito por el agujero, toma la comida—pero luego no puede sacar la mano. Aun cuando los cazadores se acercan, el monito sigue aferrado a sus golosinas. ¡Páfate! Mono a la jaula.

 

Así andamos muchos con el tema del perdón. Sabemos que debemos eliminar la amargura y el enojo que producen las heridas—pero seguimos aferrados. Creemos que así haremos sufrir a quienes nos dañaron. Pero el perdón es un acto heroico. No es cosa para flojos.  Pero todos luchamos con estos sentimientos. Piensa en las siguientes preguntas: ¿Cuál es tu reacción frente a alguna injusticia, alguna ofensa?

 

¿Cuánto tiempo pasas por día pensando en aquello que te hirió? Para comenzar con el proceso de sanidad debes admitir que fuiste herido—y entender qué es lo que el perdón significa. Hace falta humildad para reconocer que uno ha sido herido, reconocer que otro ha podido dañarte. Perdón significa renunciar a los sentimientos de amargura. Significa desatar la persona que nos dañó. No es aprobar la conducta del otro, sino es buscar la sanidad propia. La gente que perdona continuamente es menos ansiosa y hostil, tiene menores problemas de salud. Cuando uno practica el perdón, tiene más esperanza en el futuro. Las personas negativas difícilmente perdonan.

 

Los médicos han analizado que a la persona que se pone a pensar en las cosas que le han ofendido y dañado se le puede subir la presión. La falta de perdón puede acarrear una depresión.

 

Perdonar no quiere decir que ignoramos el mal trato, ni que hacemos de cuenta que nada sucedió. Puedes perdonar, y a la vez tomar una sabia distancia del ofensor si es necesario. Pero es no seguir atado y limitado al dolor. Es soltar la bolsa de basura que arrastramos. La falta de perdón nos daña a nosotros mismos. Quizás no logremos la reconciliación con la otra persona, quizás la otra persona nunca reconozca su falta. Habrá que tomar medidas para tratar esta situación. Pero el perdón te libera de un dolor profundo y paralizador.

 

La conclusión es sencilla, pero profunda: Para evitar ser capturado por la amargura, hay que soltar la ofensa. Hay que soltar aquello que nos ata. Dejamos de estar a la merced del rencor, y podemos seguir adelante con ganas hacia la vida.

Claro. El perdón requiere una decisión espiritual, emocional y una firme decisión de la voluntad. Requiere desprendernos de las migajas—para volver a la libertad. Ningún cazador podrá tenderte su red si decides soltar la ofensa, si decides elegir el camino de la madurez, de la esperanza. Requiere soltar las cargas para viajar más ligero por la vida. Y lograr más cosas. Dejar el rencor atrás y volver a retomar la vida. Para disfrutar de cada momento que Dios nos da y no desperdiciar ni un minuto más.

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