¿CUÁNTO VALE EL ÁNIMO?

17/07/2015

 

Cuentan que el diablo sacó a la venta todas sus herramientas maléficas. Mientras los posibles compradores deambulaban mirando semejante colección de herramientas, consultaban sus diferentes precios.

 

Un comprador preguntó: -¿Y esto cuánto vale?

El diablo contestó: -Es la falta de perdón, y cuesta $ 200.

Otro comprador preguntó: -¿Y esto cuánto vale?

El diablo contestó: -Es el rencor, y vale $ 400.

Un tercero preguntó: -¿Y esto cuánto vale?

Y le contestó: -Es el enojo, y vale $ 250.

Al final del recorrido, un curioso comprador encontró una herramienta tan pero tan pequeña que era imposible casi de ver. Sin embargo, el precio rotulado era de $ 8.500.

-¡Qué barbaridad!- exclamó el hombre, volviéndose al diablo. -¿Y qué puede ser esto que valga tanto?

-Ah- dijo el diablo complacientemente- esa herramienta es el desánimo, y cuando todo lo demás falla, el desánimo nunca falla.

 

¡Cuánta verdad encontramos en esta sencilla ilustración! Somos capaces de luchar como fieras

contra las ofensas, las dificultades, ser como lanzallamas encendidos ante los problemas...pero si caemos en el desánimo, ¿quién nos levanta con cucharita? Y al examinarnos nos damos cuenta de que quizás los problemas no sean tan grandes...lo que pasa es que nos hemos...”desinflado” por dentro y todo parece gigante, inalcanzable, imposible.

 

El escritor Charles Swindoll escribe lo siguiente: “Tenemos muy poco control directo sobre nuestras emociones, pero el máximo sobre nuestra conducta.”

O sea, si entendemos que el ánimo es una emoción, (y una emoción nada sólida, dicho sea de paso), analizaremos qué cosas sí pueden producir cambios en nuestra actitud. Porque el desánimo puede ser un excelente maestro si nos tomamos el tiempo de reflexionar:

 

¿Qué es lo que realmente me desanima? Hay que descubrir al verdadero culpable aquí. ¿Cansancio? ¿Enfermedad? ¿Una relación desgastante? ¿Una vida rutinaria, sin victoria? Desenmascarar las razones que se esconden detrás del desánimo nos debiera dar una pista de dónde trabajar. Sí, hay que esforzarse, pero en las decisiones correctas. A veces el desánimo nos obliga a examinar nuestras motivaciones. ¿Por qué estamos haciendo lo que estamos haciendo? ¿Por agradar a mi suegra? ¿Por sentirme presionada en la iglesia? ¿Por impulso? ¿Hay amargura y falta de perdón en mi vida? Si no somos íntegras en nuestro obrar, nuestra vida interior sufre inútilmente.

 

Cuántas personas andan agotadas, cargando el globo terráqueo sobre sus hombros, pero ¿descansar? ¡Jamás! ¿Tomarse una siesta, un descanso, un paréntesis? Eso es chino para ellas. Y detrás de su desánimo está un perfeccionismo tirano, un deber ser que no permite reflexión ni reposo. (Y de paso, cierta equivocada omnipotencia. ¡El mundo se va a caer abajo si me tomo un descanso para mí!).

 

Surge otra pregunta, ¿acaso podrás hacer algo que seas incapaz de realizar, sin equiparte para hacer la tarea? El desánimo nos obliga a examinar nuestras prioridades.

El desánimo me lleva a otra pregunta, ¿Estoy esperando recompensa o resultados de los demás?

 

Gran parte de nuestro desánimo surge de nuestras expectativas que tenemos sobre los demás. Si yo cocino rico, quizás mi cónyuge me lave los platos. Si soy amable con todos, ¿por qué no todos son amables conmigo? Sin darnos cuenta, detrás de estos pensamientos hay una idea: la extorsión. Estamos dando algo a cambio de...que el otro haga lo que yo deseo. Y si el otro no responde a mi medida, me amargo, me enojo...y me desanimo. ¿Cuál es la solución?

 

Un pensamiento filoso dice: “Haz lo que tengas que hacer con todo el entusiasmo que tengas...pero no esperes nada de los demás.” ¡Horror, esto sí que cuesta! Pero... ¡qué libertad resulta de simplemente hacer lo que tengo que hacer sin esperar nada a continuación! Y si surgen reacciones y cambios de los demás, será simplemente un maravilloso regalo...no un “¡Por fin cambiaste! ¡Era hora!” Y el regalo que se da y se recibe de corazón, ¡qué maravilloso recibirlo!

 

Y va la tercera pregunta. ¿Estoy fortaleciendo mi vida emocional y espiritual a la par de todo lo que hago? Si tengo dos macetas con plantas, y una se llama emociones, y la otra vida espiritual, y sólo riego la primera, ¿qué va a pasar con la segunda? ¡Pues claro, se secará! Estar desanimada muy a menudo revela que...no estamos creciendo espiritualmente. El tema no es “pedir problemas más pequeños, sino hombros más anchos.” ¿Y cómo se logra? Buscando la perspectiva espiritual en todas las cosas. El desánimo me puede indicar áreas en donde debo reforzar mi vida espiritual.

 

Se va la cuarta pregunta. Ya que en desánimo es un mal tan corriente en estos tiempos, ¿por qué no ejercitar el músculo del ánimo? Todas las personas que te rodean necesitan una palabra de ánimo, ni al más pintado le sobra una palabra de ánimo. Una sonrisa. Una palmada en la espalda. Un saludo. Un abrazo. A ese joven que anda mal en el colegio. La viuda que se siente tan sola. Ese niño difícil. Esa mujer de mal genio. Ese hombre sin trabajo. Dar ánimo a otro habla de desprendimiento, de generosidad, de vida espiritual. Y aunque te sientas aun desanimado, ¡dar ánimo a otro ciertamente va a darte ánimo! No puedes dar ánimo sin ser animado.

 

¡Te animo a que lo intentes! Súmate al Club de los Alentadores.

 

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