ALGUNOS MITOS DE LOS MOLINOS DE VIENTO

16/07/2015

 

Todas nos sentimos invadidas por sentimientos de incapacidad— ¡que nos falta tanto para llegar! Así era como los molinos de viento que atacaba el pobre Quijote de la Mancha—le daban qué hacer pero que no le daban ningún resultado valedero.

 

Pero muchas veces pasamos por alto conceptos que podrían mejorar nuestro rendimiento, sea en lo emocional, mental, social, familiar...Y debemos destruir varios mitos culturales que quieren impedir nuestro crecimiento, en todo aspecto de nuestras vidas:

 

UNO. El mito de que si uno tiene el don, la gracia,  todo es fácil. ¡Nada podría ser más engañoso! Hay quienes creen que todo es cuestión de sacar un lápiz y resultar un Rembrandt, o que si uno se para de puntitas de pie pasa derecho a bailar ballet al Teatro Colón. Qué engaño más terrible creer que el don es el comienzo y el fin de las cosas. Un análisis de los mejores violinistas del mundo reveló que los más dotados eran sencillamente quienes practicaban el doble que los demás. Un violinista eximio llega a practicar 10.000 horas anuales, a diferencia del violinista mediocre que practica 5.000. Miguel Ángel, el gran pintor y escultor, dijo: “Si supieran cuán duro trabajo, no me admirarían tanto.” Lo bueno se hace con sacrificio, con esfuerzo. Un buen matrimonio. Criar buenos hijos. Ser un buen profesional.  Ningún atleta, por más dotado que fuera, nació corriendo los cien metros. Enseñemos a nuestros hijos que la vida cuesta; que vale, claro, pero que cuesta, ¡claro que cuesta! Sin esfuerzo genuino, no hay logros genuinos. Pero es la buena lucha lo que hace que las cosas valgan la pena.

 

DOS. El mito que practicar así nomás es suficiente. Acá se va cortando el queso más finito. Muy bien, hay que practicar y esforzarse, ¡pero hacerlo bien! ¿Quieres cantar? ¿Quieres un título universitario? ¿Quieres ser una buena cocinera? Hay que practicar, y practicar bien. Una persona que aprende mal a jugar al tenis, por ejemplo, no puede seguir avanzando en su juego. Queda truncado en su aprendizaje. Tendrá que desaprender lo mal aprendido y volver a aprender bien. Por eso, ¿por qué no intentar hacerlo bien la primera vez? La vida nos mantiene en Jardín de Infantes hasta que aprendamos bien; luego, quizás, nos pase a Primer Grado. Una camisa mal abrochada tiene que volverse a desabrochar. No hay manera de buscar un atajo. Aprendamos a hacer bien las cosas desde el comienzo, y tendremos la satisfacción de llegar a la meta...como corresponde.

 

TRES. El mito de la satisfacción inmediata. Es vox pópuli que hay que pasarla bien en todas las cosas. Tenemos una generación que cree que todo tiene resultados inmediatos y mágicos. Puré instantáneo. Café instantáneo. ¿Matrimonio instantáneo? ¡Divorcio instantáneo! No hay más que prender la televisión para ver que se ofrece masivamente el producto del placer. Si no produce placer al instante, no sirve, se descarta, “es aburrido”, diría un adolescente. Es grave pensar que todo es cuestión de placer, del momento. Porque las verdaderas satisfacciones vienen después de una lucha intensa y genuina. Todo emprendimiento, por más anhelado que sea, cuesta, sobre todo en sus comienzos. Al enviar a los hijos a estudiar música, o algún deporte, o lo que sea, por ejemplo, hay que aclararles que quizás en los primeros meses no lo disfruten tanto hasta haber dominado conceptos y habilidades. Pero que con el tiempo disfrutarán de la disciplina aprendida. Cuando uno mismo empieza un proyecto, una carrera, un matrimonio, una familia, debo entender que el fin no es la satisfacción inmediata—sino que la satisfacción es el resultado de haber conquistado, de haber superado cada día. Nada de ser personas bonsái, que son árboles preciosos a la vista pero que no sirven para que aniden los pájaros, ni dan sombra ante el calor. Hay que pensar que ¡lo bueno está por delante si me sigo esforzando! Si aprendemos a no ser dominados por estas pasiones del instante, los resultados quizás tomen su tiempo, ¡pero valdrán absolutamente la pena!

 

Nuestra sociedad espera lo instantáneo y mágico. Pero busquemos lo genuino y duradero, aunque requiera trabajo, requiere trabajo. Un hongo crece en tres días, un roble en diez años. ¿Qué preferimos ser?

 

Aprendamos a luchar con cordura contra los molinos de viento.

 

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